Me llamo
Josefa Lorenzo Romero y tengo 63 años.
Este relato, es el homenaje que quiero hacer a
todos los hemofílicos vivos y muertos, entre
ellos, mi hijo. A los que han muerto como mártires
en silencio, pero pidiendo justicia. Y, yo, como
madre del único hijo que tenía y que me
arrebataron injustificadamente, juré en su tumba,
que buscaría justicia, algo que mi hijo ya me
había pedido antes de morir: <<Busca a los
culpables para que otros hemofílicos no tengan que
pasar por el calvario que estoy pasando yo>>. Y
estas palabras que todos los días martillean en mi
cabeza hacen que me dirija a todas las madres o
esposas que han perdido a un ser querido en estas
tristes circunstancias para alentarlas en su
lucha, para que no desfallezcan, porque con toda
seguridad nuestros hijos desde el cielo nos están
ayudando a ganar una batalla que
incomprensiblemente tan dura y difícil se nos ha
presentado.
La Hemofilia es una "enfermedad" hereditaria que
se caracteriza por la incapacidad de la sangre de
formar coágulos; esto produce un exceso de
sangrado, incluso con lesiones leves. La
"enfermedad" está causada por la ausencia de
determinadas proteínas en la sangre, llamados
factores, que participan en el fonema de la
coagulación. La forma más común es la Hemofilia
del tipo A. La padecen un 80% de los hemofílicos y
está originada por un déficit del factor VIII en
la sangre; forma menos común, es la Hemofilia del
tipo B: existe un déficit del factor IX.
Para no alargarme en este sentido, sólo diré que
los hemofílicos con un tratamiento adecuado pueden
vivir tantos años como cualquier otra persona y
con una calidad de vida plena.
La desgracia para muchos hemofílicos, entre ellos
mi querido hijo, llegó cuando por negligencia de
la Administración de Sanidad y de los políticos de
turno que mandaban en aquellos momentos,
habiéndose comprobado el contagio a través del
factor que se inyectaba a los hemofílicos debido a
la sangre contaminada de la SIDA y Hepatitis
C, extraída de los presos de las cárceles de EEUU
y de los prostíbulos chinos, por los Laboratorios
fabricantes de los factores, dijeron que "Ante la
duda, se siguiera suministrando".
¡Una gran masacre! 1.600 muertos, aquí en España
en aquella época, ahora, ni se sabe. Un escándalo
que se intentó silenciar para no crear "alarma
social". Nuestros hijos tenían que morir "en
silencio".
Lo que padeció mi hijo Miguel Angel, primero al
enterarse de que estaba contagiado y después
cuando empezó su decadencia, su camino hacia la
muerte, sólo tenia 24 años, nadie que no haya
pasado por lo mismo no lo puede comprender, y por
ello nunca se nos puede pedir a los padres que
olvidemos o que perdonemos o que no luchemos por
una causa que mi hijo, como tantos otros, se
merece.
LLevo en los Tribunales, 14 años. Es cierto que
gané la primera sentencia a INSALUD; 10 con una
querella contra los Laboratorios que son varios.
Todos enriqueciéndose a costa de la vida de
nuestros hijos; todavía los papeles están, ya en
el Juzgado de Plaza Castilla, 37, ya en la
Audiencia Provincial, se los van pasando de un
lugar a otro.
Aunque como digo tantas veces, se me está
haciendo justicia antes en el cielo que en la
tierra, pues tres de los médicos que intervinieron
en el contagio de mi hijo ya están muertos, quedan
los Laboratorios responsables y los Políticos que
ni uno sólo fue condenado, no así en otos países.
La muerte de mi hijo ha llevado a mi esposo a
padecer males irreversibles. El dolor que produce
ver morir a un hijo por una negligencia tan
terrible, ver que nadas puedes hacer para
ayudarle, ver su desesperación, sus sufrimientos
tan horrorosos, todo por culpa de unos
impresentables que por dinero no les importa el
sufrimiento ni la vida de nadie, es difícil de
asumir. ¡No es difícil!: ¡Es imposible!
En el caso de mi hijo, como todo los que murieron:
"Su medicina fue su verdugo".
Doy gracias a la "Asociación el Defensor del
Paciente" que me ha ayudado más que cualquier otro
tipo de Asociación que por su naturaleza debiera
habernos prestado todo su apoyo.
La injusticia social -judicial - provoca más rabia
añadida, más impotencia, más desesperación...
Ignoro si antes de morir podré ver cumplido el
deseo de mi hijo muerto: Hacer justicia, que es lo
que nos queda porque a ellos ya no les podemos
devolver la vida.
Una madre marcada para toda la vida.